Rainbow Community, Takaka. Volviendo a los inicios

 Comenzamos nuestra siguiente etapa del viaje en Nueva Zelanda, donde pasaremos los próximos 3 meses. El vuelo que cogimos en Sydney tenía como destino Wellington, pero por ahora no os vamos a contar nada de la capital neozelandesa, ya que esta entrada estará dedicada en exclusiva a las 3 semanas que pasamos  haciendo woofing en Rainbow Valley Comunity.

Desde Wellington, a primera hora de la mañana nos desplazamos a la pequeña  Takaka. Esta encantadora ciudad se encuentra localizada al suroeste de la isla sur en Nueva Zelanda en Golden Bay, una soleada bahía cuya orografía recuerda la imagen de un pájaro Kiwi, en donde el Farawell Split hace las veces del alargado pico de este ave que es más que una seña de identidad en este lejano país. Los neozelandeses están muy orgullosos de esta peculiar ave sin alas, y de ahí que se denominen a sí mismo como Kiwis.  Para viajar desde Wellington a la isla sur, la mejor opción es tomar un ferry que recorre los fiordos de Marlborough Sounds hasta entrar en el puerto Picton. El recorrido vale la pena por sí solo y la entrada en la isla sur te deja boquiabierto, éste es solo el preludio de lo que te esperará a lo largo de toda la isla. Fue nuestro primer contacto con la impactante y salvaje naturaleza de este país lleno de paisajes que quitan el sentido..

Tras unas horas entre el ferry y dos autobuses, por fin llegamos a nuestro destino, donde habíamos quedado con Carol y Simon, unos de los miembros fundadores de la comunidad en la que pasaríamos las 3 siguientes semanas. Sabíamos que íbamos a estar en un comunidad fundada en  1974 por un grupo de personas que vivían al más puro estilo hippie de aquella época, pero lo que no nos podíamos imaginar es que toda la región hoy seguía viviendo con ese mismo espíritu que contagiaba a cualquiera que pasara allí unos días. Como muestra de lo que viviríamos en Takaka, al llegar nos recibió un improvisado festival que circulaba por la calle principal, en el que cada uno iba vestido como quería, bailaba como quería y  nadie miraba mal a nadie, no existían los juicios, solo había personas disfrutando del presente sin preocuparse en absoluto de quien miraba o que pensaba aquel al que no conocía de nada. Fue como ver un micro mundo, un exitoso  experimento  de un científico con una mente llena de colores, en la que todos eran de diferentes pero a la vez se toleraban sin juzgar, sin ni siquiera intentarlo. Entre todos hacían su convivencia más alegre.

Pasamos un rato contemplando ese curioso desfile, en el que pudimos ver a un señor de unos 70 años haciendo malabares mientras montaba un monociclo, verlo para creerlo. Tras una o dos horas allí, el tiempo se paró y no tengo mucha consciencia de cuanto tardamos, pusimos rumbo a Rainbow Valley Comunity, nuestra comunidad. Como os digo, se fundó en el 1974 y que hoy todavía perdure, no es una coincidencia, aunque ahora es más parecido a un pueblo pequeño en el que los vecinos tienen muchas cosas en común, toda una vida creando ese maravilloso oasis. Para llegar, tendríamos que adentrarnos 10 km en Rainbow Valley, lo suficiente para perder la cobertura y volver a quedarnos incomunicados, por lo menos esta vez , andando una hora conseguíamos conectarnos.

La comunidad está aislada de todo menos de ellos mismos, y está localizada en un precioso valle, totalmente salvaje en el que las montañas parecen de cuento, y un río serpenteante cruza todo el terreno, jamás había visto un agua tan clara y pura como aquella. Los primeros dos días los pasamos con nuestros anfitriones Robert y Anne, quienes nos trataron excepcionalmente, y nos alojaron en su Housetrack, que es exactamente lo que significa, casa-camión. Fue curioso dormir dos días en un camión totalmente equipado para hacer las veces de habitación. El hospedaje funciona de una manera muy sencilla; yo te alojo bajo mi casa y te doy dos comidas y a cambio tú me ayudas durante 4 horas al día. Unas veces el trabajo es muy sencillo y llevadero, apenas te supone un esfuerzo, pero otras como en casa de Robert, te ganas el alojamiento y la comida con un mar de sudor. Robert tenía muchas leña por cortar y sabía que en el invierno la iba a necesitar, así que con un cerrado acento Kiwi al que todavía no estábamos habituados, solo nos pidió una tarea; “cortar tanta leña como podáis y dejarla guardad en el cobertizo”. Así pasamos los dos primeros días, cortando leña y guardando los trozos más pequeños, no hace falta que os diga que labor hizo cada uno de nosotros….. Lo de cortar leña estuvo hasta bien, fue un buen ejercicio. Al principio no era muy diestro con el hacha, pero al final no fallaba ni un viaje, la única pega fue que el hacha estaba tan desafilada que cortaba los troncos por el golpe y no por su filo, por lo que el trabajo fue doblemente agotador. Después de acabar, tampoco nos pareció tan duro y nos quedamos muy satisfechos con el trabajo que hicimos, estamos seguros de que este invierno Roberto y Anne no pasarán frío.

Por la tarde del tercer día nos trasladamos a la casa comunitaria, el corazón de la comunidad, allí viviríamos hasta que con mucha pena abandonásemos ese lugar tan especial. Esta casa fue construida íntegramente por los miembros de la comunidad allá por los últimos años de la década de los 70, y sirvió como buen sustituto del primer hogar que tuvieron los fundadores de esta peculiar comunidad, que fue ni más ni menos que un autobús, que hoy todavía permanece allí aparcado, haciendo las veces de hogar de uno de sus miembros más entrañables, Jack, una bellísima persona que nos sorprendió por su extrema bondad.

Vivimos en esa casa durante tiempo suficiente para darnos cuenta de que aquel lugar estaba lleno de recuerdos  y vivencias muy especiales. Durante años fue el centro de una comunidad muy viva, que llegaría a cobijar a la vez a más de 35 personas, incluidos unos 10 niños. Cada  vez que hablábamos con uno de sus miembros, nos dábamos cuenta de que sabía exactamente donde estaba cada utensilio, y eso era porque había pasada muchas horas de su vida dentro de ese hogar.

Los días transcurrieron muy tranquilos y felices en Takaka, incluso nos legamos a sentir miembros de esa comunidad que nos permitió asistir a una de sus reuniones mensuales, en las que de una manera asamblearia, discutían todos las necesidades de la comunidad. Cuando la reunión empezó, creíamos que íbamos a asistir a una típica reunión de vecinos, pero nos sorprendió muchísimo la rapidez con la que abordaban cada uno de los puntos, lo bien organizados que estaban y la compenetración que entre ellos existía. En esos momentos es cuando te das cuenta de la diferencia entre un pueblo y una comunidad

Compartimos nuestra estancia con dos chicas estadounidenses y un joven chileno quienes abandonaron la comunidad unos días antes que nosotros. El mundo del woofing funciona así, todos estamos de paso, unos días o unas semanas, la diferencia la marca como de a gusto te encuentres, si estás bien por qué abandonar un lugar que te gusta en el que no gastas ni un euro y lo único que tienes que hacer es trabajar 4 ó 5 horas al día?? Esta está siendo una de las claves de nuestro viaje, intercalamos los periodos en los que simplemente hacemos turismo con tiempo en el que intercambiamos nuestra ayuda por alojamiento y comida, creo que es una gran manera de viajar, ya que los trabajos suelen ser bastante llevaderos, el tiempo se pasa rápido, y el resto del día es tiempo libre. Normalmente estamos  en lugares alejados de la ciudad, con lo que no puedes gastar nada, y simplemente te relajas. Así puedes pasar muchas semanas viajando, adaptándote a donde te encuentres y aprendiendo siempre aprendiendo. Para mí lo más importante es eso, que cada día hago algo diferente, me enseñan, me explican y hago mi labor lo mejor que puedo, me levanto pronto para acabar temprano y así puedo disfrutar del resto del día, sin pensar demasiado en que pasará mañana, solo disfruto y vivo. Experimento nuevas formas de hacer las cosas, otras maneras de ser y de vivir, cada día creo que me hago más tolerante y me veo a mi mismo como quiero ser, sin hacer juicios de valor, sin tener reproches, y sabiendo que tengo que contribuir par que todo vaya bien.

En la comunidad nos dio tiempo para hacer muchas coas;  un día andamos dos horas contra la corriente de un río para alcanzar unas cataratas preciosas. Bañarnos en el agua más cristalina y pura ( y fría) que hemos visto en nuestras vidas  pudiendo contemplar un paisaje que te deja con la palabra en la boca. No puedes dejar de maravillarte del entorno de Rainbow Valley Comunity, esos hippies melenudos supieron elegir el enclave perfecto para comenzar  su vida en comunidad. Todo es salvaje y natural, los colores son muy vivos y solo nuestras voces destacan por encima del resto de sonidos, la mía sobretodo….

Aprendimos bastantes cosas, y una de las más importantes fue como hacer nuestro propio pan, no te lleva mucho tiempo y el resultado es sabroso. En Nueva Zelanda es bastante común tener una máquina para hacer pan en casa, y por supuesto en un lugar en el que viven 6 ó 7 personas a quienes tienes que alimentar de una manera natural, que mejor que proveerles de harina, levadura y una máquina con la que poder hacer pan.

Las tareas que hicimos en la comunidad fueron muy diversas, varios días los dedicamos a limpiar los caminos de acceso a la comunidad y los que de ella salían hacia las montañas, teníamos que trabajar 3 horas y alguna vez nos costaba casi media llegar hasta el punto en el que empezábamos y otra media volver, así que os podéis imaginar como de relajados hacíamos nuestra labor, lo que no quiere decir que no dejásemos el camino como una carretera de dos carriles, seguramente hoy esté exactamente igual que cuando empezamos, pero nos quedamos muy satisfechos con nuestra labor.  En otra ocasión pasamos un día entero recogiendo fardos de heno, amontonándolos todos en un camión, con el que los llevábamos al granero, donde los apilábamos al más puro estilo de antaño. Ese heno serviría de comida para las vacas que la comunidad tiene, y que cría de manera orgánica, esta palabra la hemos visto en multitud de ocasiones en este país, es toda una cultura y una forma de vida para quien decide que lo que comemos es mucho más importante que el dinero que pagamos por ello.  Para que os hagáis una idea de lo importante que es la agricultura, ecológica, sostenible, orgánica o biodinámica, en los supermercados puedes encontrar más de 10 clases diferentes de huevos, con precios que llegan a rozar medio euro por unidad, puedes pensar que es carísimo pero el sabor , la calidad y tu salud no se pueden sustituir por un recorte en el precio.

En la comunidad no había muchas normas que cumplir, solo mantener la buena convivencia. La única obligación que tenías era tener limpio  tu espacio y trabajar 3 horas por cada día que allí durmieras. Esas tres horas no daban para cubrir toda la comida, nos proveían de harina, arroz, pasta, avena, vegetales, café y muchos pequeños ingredientes indispensables para cocinar. Sin embargo podías ayudar a uno de sus miembros, y ellos eran los que te proporcionaban dos comidas. De esta manera trabajabas 2 horas para la comunidad por el alojamiento y otras dos para uno de los miembros, una por cada una de las comidas que compartías con ellos. A excepción de la dura tarea que Robert nos encomendó, el resto de días solo tuvimos que ayudar con el jardín un par de horas y al acabar un sabroso y saludable meal nos estaba esperando. Uno de los días que compartimos cena con Simon y Carol, les prometimos cocinarles una tortilla de patata al más puro estilo español, ellos estaban entusiasmados ya que conocían el plato y les había encantado cuando lo probaron. Lo que no podíamos imaginar es que las patatas que nos iban a dar para hacer la tortilla iban a tener un intenso color morado, eran patatas maoríes. Color aparte, el sabor fue muy parecido, y ¿¿ cuánta gente puede decir que se ha comido una tortilla de patata morada ??

Como no podía ser de otra manera en una comunidad hippie, un día de luna llena los miembros decidieron hacer una  barbacoa frente a la casa comunitaria, fue maravilloso compartir ese momento con ellos. Muy relajados pasamos la tarde-noche degustando la carne de una de las vacas comunitarias, bebiendo y riendo. Creo que todos los que allí estaban sabían tocar la guitarra y cantar multitud de canciones, así que se podría decir que tuvimos varias actuaciones en directo esa noche. Fue muy agradable ver el anochecer y esa luna llena tan brillante sentados alrededor del fuego, lástima que todos hablasen en ese inglés tan raro que hablan en Nueva Zelanda, aún así disfrutamos mucho su compañía, y creo que ellos también la nuestra.

Como siempre cuando te han tratado bien, y has llegado a sentir un lugar como tu hogar, nos tuvimos que marchar con mucha pena, sabiendo que será difícil volver a repetir una experiencia tan genuina. Pusimos rumbo a nuestro siguiente destino, Kaikoura. El medio de transporte que elegimos para desplazarnos fue el más divertido y original en el que hemos viajado hasta la fecha, ¡¡¡ hicimos dedo todo el día ¡!!  En total nos cogieron 5 personas diferentes para recorrer casi 500 km, toda una odisea que no habría sido posible en otro lugar que no fuera Nueva Zelanda. En la isla sur mucha gente se desplaza haciendo dedo y esto es posible ya que hay cantidad de conductores que prefieren montar en sus coches vacios a autoestopistas para compartir con ellos el viaje, simplemente hablando con ellos, y entreteniéndose mientras hacen un trayecto rutinario. Una buena manera de combatir la monotonía, es conocer a alguien nuevo, y compartir un viaje en coche con él. Algunas veces las conversaciones no son tan fluidas como podrías esperar, y simplemente tienes que relajarte contemplando el paisaje de Nueva Zelanda, donde no hay un solo kilómetro llano, todo la orografía del país está salpicada por laderas, colinas, montañas, y toda clase de irregularidades, cubiertas por un manto verde en el que infinidad de ovejas merinas pastan a sus anchas sin preocuparse por ningún depredador, ya que ninguno fue capaz de llegar a esta isla tan lejana. Os he comentado que las ovejas son de raza merina, y seguro que esa palabra os suena del famoso dicho “ churras o merinas “. Ambas son las dos clases más comunes de ovejas españolas, y hace más de 100 años, dada la buena calidad de su lana, el gobierno británico decidió exportar a sus colonias unos cuantos miles de ovejas , que hoy se han convertido en más de 40 millones, casi 10 veces más que la población del país.

Sobre las 7 de la tarde llegamos por fin a Kaikoura, donde teníamos idea de pasar una noche para continuar viajando hacia el sur y recoger un coche de alquiler en la ciudad de Christchurch, con el que teníamos idea de recorrer toda la isla sur en los siguientes 12 días. Pero esta es una historia que os contaremos el próximo día. Muchas gracias a todos por vuestro seguimiento y comentarios, ya estamos tan habituados al viaje que no necesitamos ánimos, pero nos vienen fenomenal, y nos levantan la moral muchos días.

 Un abrazo de dos patos mareados.

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2 Respuestas a “Rainbow Community, Takaka. Volviendo a los inicios

  1. Muy buena entrada mis queridos “patitos”…nos habéis dado un destino en nuestra próxima aventura 🙂 Sin duda toda una experiencia…seguid disfrutando y viviendo la vida!! Un besote a los 2

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